
Estos días, después de los Oscar, he leído que un distinguido colega ha dedicado a “En tierra hostil” adjetivos del orden de sucia, detestable, sinuosa y de propaganda bélica al tiempo que aconsejaba a la directora que haga películas de acción en vez de usar el dolor de la gente para hacer una peliculita de tiros. Seguro que Bigelow habrá tomado buena nota de lo que tan conspicuo cineasta le recomienda y a partir de ahora se dedicará a imitar a Tarantino que tiene mejor prensa.
La verdad, me fui a ver la película apesadumbrada porque por un lado que una mujer gane al Oscar a la mejor dirección (¿por qué no?) me alegra mucho, pero, por otro, tan airadas reacciones de quien siempre nos ha guiado por el camino verdadero me disponían en contra de su trabajo.
Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una película que durante 2 horas y 11 minutos, me invitaba a contemplar, como si estuvieran bajo la lente de un microscopio, el comportamiento de unos hombres sometidos a la presión del miedo hasta la patología en un lugar donde ni ellos mismos en realidad saben por qué están. (“¿Qué hacemos aquí?”, se pregunta el sargento Sanborn en un momento especialmente fuerte). Una película que me hablaba de la testosterona, esa hormona principal del grupo de los andrógenos que gobierna el mundo, secretada por el testículo en los vertebrados superiores y que estimula el desarrollo y mantenimiento de las características sexuales masculinas; una película que me hablaba también de la adrenalina, y de la droga que suponen estas dos sustancias naturales capaces de provocar adicción y alteraciones en el equilibrio psicofísico.
Reivindico que las mujeres cineastas podamos tocar los temas y los géneros que queramos. ¿Por qué no? Sin duda trasladamos nuestra mirada personal, como lo hacen los hombres, a cualquier asunto por el que nos interesamos. Así es en el caso de Bigelow, que por otra parte ya tocó el tema adrenalínico en 1991 con “Point Break” traducida en nuestro país, en un alarde de creatividad, por “Le llaman Bodhi”.
No sé si “En tierra hostil” hace propaganda bélica: yo salí del cine desolada, espantada, y gritando una vez más: No a la Guerra. Y tengo que agradecerle a Bigelow un momento luminoso y profundo en que la imagen expresa lo que las palabras solo pueden explicar a medias. El sargento William James (Jeremy Renner), que ha sido capaz de desmontar más de ochocientas bombas entre Afganistán e Irak, con unos alicates y un traje supuestamente blindado que no ha podido salvar a su antecesor, se encuentra paralizado, bloqueado, incapaz de elegir ante una inmensa estantería llena de mil marcas y modalidades de cereales perfectamente ordenados, en el pasillo inmaculado de un supermercado norteamericano. Una imagen que, después de lo que hemos visto, sugiere la opulencia de un mundo frente a la pobreza de otro, o mejor, un mundo cuya opulencia se construye con la pobreza de otros. Tal vez en ese momento James decide volver al desierto, al riesgo extremo, a un mundo primitivo y polvoriento donde cuesta respirar, pero en el que con cierta soberbia se siente útil. Abandona la paz, el hogar convencional, el orden, la limpieza, la abundancia…. Ya no pertenece al mundo de la ”normalidad”, yo diría que ni siquiera al mundo de los vivos. Y, aunque no lo compartas, comprendes por un instante la locura del sargento James. Después de haber vivido en un estrecho filo entre la vida y la muerte, y contemplado tanto destrozo, ya todo le parece trivial, ya no puede estar en paz más que en el horror de enfrentarse cada día a la disyuntiva esencial: vivir y contemplar la muerte de los otros, o morir. Recuerdo la cita del principio: “el ímpetu de la batalla es una potente y muy a menudo letal adicción, pues la guerra es una droga”.
No es posible, me digo, que la Humanidad siga todavía en esto.
La película de Katrhyn Bigelow deja que la reflexión se produzca en el espectador de manera espontánea, no hay discursos preestablecidos, solo hechos. Los iraquíes aparecen como imágenes congeladas en un decorado necesario; se podrá estar o no de acuerdo con esto, se puede alegar que además de haberles invadido ilegalmente, provocando esa guerra, es sectario y mentiroso que se les quiera hacer aparecer solo como torturadores y terroristas. Pero no se puede contar todo en una sola película y lo que pasa en el pueblo iraquí no es objetivo, ni del guionista Mark Boal, (En el valle de Elah) ni de la directora, que, según ella misma dice, solo pretende aproximarnos a una realidad y preguntarse por qué los soldados que desactivan bombas en combate “son voluntarios, se prestan a poner su vida en peligro y a menudo les gusta tanto su trabajo que no se imaginan haciendo ninguna otra cosa”. Tiene su derecho naturalmente y ha creado un film que lejos del desprecio o el rechazo, merece atención y análisis. Entre otras cosas por su presupuesto: diez millones de dólares. Para decir lo mismo con menos eficacia otros cineastas se han gastado miles de millones.
No me engaño sobre lo que ha llevado a Bigelow a ganar el Oscar a la mejor dirección. Como la teniente O´Neill, hasta que no ha hecho la “machada” nada que hacer. Esto de ser mujer tiene un problema y es que siempre tienes que luchar y competir en el terreno de la testosterona sin que tu organismo la segregue. No parece que Katrhyn Bigelow se asuste por tal circunstancia y ahí la tenemos: ha hecho historia. Cada vez que una mujer da un paso de este tipo, las demás avanzamos con ella. Conviene no olvidarlo.- JOSEFINA MOLINA.
(Nota: Este artículo se escribió oficialmente para la Academia de Cine)
Foto de portada, Josefina Molina (Directora de Cine)